Mes de junio. La temporada ha acabado y Hugo está sacando unas entradas para el cine, junto con sus compañeros de equipo, que han quedado esa tarde para empezar a despedirse, pues las vacaciones están a la vuelta de la esquina. Suena el teléfono. Es el entrenador de uno de los equipos contra los que se ha enfrentado esta temporada. Después de un rato de halagos y promesas, se oye al otro lado del auricular la esperada frase de: “vente a jugar a mi equipo. Este año lo vamos a petar”.

Hugo guarda el teléfono, pero su expresión ha cambiado. Sus compañeros lo notan y le preguntan si pasa algo. Él dice que no, pero nadie le cree. Juntos, entran al cine. En ese momento, se desencadena una sucesión de dudas, comparativas, diálogos interiores, preguntas, consejos que durante una serie de días no desaparecen de la cabeza. Un runrún constante que inquieta al jugador en pos de saber si elegirá bien o no. El jugador siempre busca mejorar. O al menos, ése debe ser su objetivo primordial. Siempre me enseñaron que las medallas y trofeos siempre se llenan de polvo, pero que siempre queda la experiencia que hemos vivido. Cambiar de aires es bueno, siempre y cuando se valoren bien todos los pros y contras de una decisión que nunca es fácil y jamás debe ser condicionada. Porque no siempre es fácil cambiar.


victor tomas


Todo cambio de club o de equipo requiere una adaptación: al desplazamiento, a los nuevos compañeros y al nuevo club y el más importante, a los métodos y horarios y sobretodo, al nuevo rol, pues difícilmente será el mismo que en el club anterior. Ahora quizás tenga un papel más importante en mi nuevo equipo, pero puede ser no sea así, que los minutos y protagonismo se reduzcan considerablemente. Puede que pase a formar parte de un equipo con más aspiraciones que el anterior y que mi rol tenga menos importancia o viceversa.

Hoy en día, estas situaciones se repiten mucho. Es un día a día que cualquier entrenador o jugador ha vivido alguna vez. Cambios de jugadores y proyectos, cambios de clubes y de roles en busca de mejorar, crecer, o simplemente conseguir disputar una fase final o colgarse una medalla.

Pero este texto no va por ellos. Entrar a debatir pros y contras de los cambios y movimientos no estaría exento de debate y polémica. Hoy no me centraré en Hugo, sino en otro tipo de jugador, que seguro que todos conocemos pero que pasa más desapercibido. Quizás no es el máximo goleador, o sí. Quizás es el veterano que todos respetan, o el que nunca tuvo esa oportunidad. Hablo del jugador de club. El que siempre ha sido fiel a unos colores, a su equipo, a su escudo. Sencillamente, a título personal, me encantan. Tengo la suerte de haber coincidido con alguno de ellos, de verlos entrenar con sus ropas “retro” del club y contando batallitas tanto o más interesantes que aquéllas que nos cuentan los que vienen de un club nuevo.


fidelidad1


El saber que donde estás es donde empezó todo, donde metiste tus primeros goles, donde sufriste y disfrutaste, ganaste y perdiste. Donde viste pasar a cientos de compañeros y entrenadores y puedes decir que ellos siempre te han visto a ti. Donde seguramente sin saberlo eres ídolo, líder y ejemplo. Me gusta también esa gente. La que lleva toda una vida dedicada a su club, a su gente, a su pueblo y a su escudo y que lo sienten como suyo porque muchas de las cosas que han pasado, las ha vivido él, para bien o para mal. Pocas cosas me generan tanta admiración como el hecho de recordar un nombre, y enseguida asociarlo a un escudo. Pocas cosas me generan la admiración de saber que posiblemente esos jugadores dejaron escapar grandes oportunidades por seguir en el club donde empezaron, donde les inculcaron unos valores que ahora son parte de su persona.

Renunciar a un posible éxito deportivo puntual por seguir siendo un jugador de club, también es admirable. Allí donde conozco su día a día, porque en el fondo, ha pasado a ser también el mío. Nos pasaba con Barrufet en el Barça, y nos pasa con el veterano que siempre se va el último del vestuario. Todos salen para sus casa y resulta que él aún viene de tomar un café con el conserje del pabellón. Llevan veinte años jugando juntos el mismo número de la lotería de Navidad.



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