Doctorarse ante un equipo de leyenda, en el mejor y más inédito de los escenarios, reescribiendo una historia que por momentos había sido demasiado cruel. Pasada la travesía por el árido desierto de las dudas y con casi tonos bíblicos, España conseguía hallar el esquivo oasis de la gloria con la conquista de la Copa del Mundo. Túnez siempre será recordado como el lugar donde el balonmano español llego a la élite para, ahora sí, quedarse. Con una conga para el recuerdo, los jugadores del combinado estatal absoluto subieron a lo más alto del podio después de tumbar a Croacia, vigente campeona mundial y olímpica.

El capitán Mateo Garralda, dando la espalda al respetable y a las cámaras, mirando a sus compañeros –el mejor de esos gestos que hacen equipo–, alzaba un título inédito para las arcas de una disciplina que respiraba salud y proyección en suelo español. Ese título fue fruto de una sucesión de estudiadas victorias. La primera y posiblemente la más notable, se certificó en el banquillo. Juan Carlos Pastor, actualmente uno de los más metódicos y brillantes entrenadores del panorama mundial, llegaba a los mandos del combinado estatal para suplir, temporalmente –solo firmó para 3 meses, el tiempo justo para preparar la cita mundialista– a César Argilés.


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El entonces técnico del BM Valladolid fue capaz de darle forma a una de las mejores plantillas de este siglo XXI instaurando un estilo agresivo, inteligente y dinámico, donde el pivote cobraba un protagonismo abismal. Punto y a parte en la trayectoria del juego de la selección. La defensa, inicio del sistema ofensivo, ganaba en movilidad y anticipación, que propiciaba la recuperación del balón y las posteriores contras, con Juanín García y Albert Rocas como plásticos verdugos. Con velocidad, otro de los conceptos que actuaban como piedra angular de su juego, el equipo intentaba romper la disposición táctica defensiva rival.

Circulación rápida y con sentido para crear espacios entre los primeras líneas (Garralda, los hermanos Entrerríos, Chema Rodríguez, Demetrio Lozano, Mariano Ortega e Iker Romero) para que el gran Rolando Uríos, los propios laterales o los extremos, que recibían más que nunca, tuvieran una situación clara de tiro. Las ideas de Pastor, que aún hoy se pueden saborear en el Pick Szeged, rompían con la filosofía de choque y contacto que imperaba –salvo deliciosas excepciones– en el balonmano. Con ellas, España clavó la actuación por excelencia del campeón de un torneo, yendo de menos a más, con despiste y posterior punto de inflexión incluidos y una final para el recuerdo.

Grupos y resultados engañosos

La Roja, emparejada en el grupo C del torneo –aún con la estructura clásica de dos fases de grupos y una final– con la escuadra capitaneada por Slavko Goluža, precisamente, debutó con un festín de goles y autoestima ante la débil Japón (41-22). España seguía respetando la lógica y también desdibujó a una amateur Australia (19-51). Después de encadenar un buen inicio y con la cabeza puesta en Croacia, España tiró de casta para levantar un difícil encuentro ante Suecia (26-33), que llegó a liderar durante toda la primera mitad (máxima ventaja 16-9). Los balcánicos no perdonaron ante un equipo estatal aún con fisuras (31-33), que tuvo que asegurar la segunda plaza ante Argentina (35-28).

Junto a Croacia, Rusia también conseguía el 5/5 en el grupo B por delante de la República Checa y Eslovenia, dos o tres pasos por atrás. Túnez se llevó el gato al agua en el primer apartado del torneo y se hacía con el primer puesto, condenando a la segunda y tercera plaza a Grecia y Francia, respectivamente. Los galos, con el genial Jackson Richardson, Michael Guigou, Didier Dinart, Thierry Omeyer y unos jóvenes Nikola Karabatic i Daniel Narcisse en la plantilla, estuvieron sobresalientes durante todo el campeonato, pero no fue capaces de imponer su calidad en los momentos clave. Serbia, más hábil, salía victoriosa del grupo D, donde Noruega y Alemania también consiguieron la clasificación.


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A pesar del nivel de los enfrentamientos, no hubo sorpresas durante la segunda fase del campeonato y España, que vencía a Noruega, a Serbia y se vengaba de Alemania por la eliminación de los Juegos Olímpicos de Atenas, se hacía con uno de los billetes para semifinales. Allí esperaba la local Túnez, todo potencia y lanzamiento exterior. En un partido serio, posiblemente el que más después de la gran final, los hombres de Pastor rompían su mejor registro en la mayor cita internacional por selecciones (un cuarto puesto en Egipto 1999 y Portugal 2003) y alcanzaban el partido por el oro.

Croacia hacía lo propio con les bleus, que finalmente se colgarían el bronce ante el equipo anfitrión para despedir a Richardson (26-25). El conjunto estatal bordó una final que hizo suya des del pitido inicial y que acabó con una victoria de las que se recuerdan (40-34). De nada valieron los goles de Mirza Džomba, mejor extremo del torneo, o las asistencias de Ivano Balic, mejor central. La interpretación coral española, con Garralda a la cabeza, también miembro del siete ideal, rompió una racha de siete partidos consecutivos perdiendo ante los de Lino Červar y escribía una excelsa página en su historia.

Gonzalo Romero
Sobre el Autor

Periodista del Diari Ara. Jugador de Balonmano en el Sant Martí Adrianenc de 1a estatal. Asistió a la última Final Four de Colonia.

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