Una camiseta y una comunidad para gobernarlos a todos. Explotando el polo más deportivo del universo jacksoniano, el Equipo Unificado tiñó de su rojo intenso los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992 y el torneo de balonmano. El CIS, un aglutinado de antiguas repúblicas de la Unión Soviética (hasta 12 –Armenia, Azerbaiyán, Bielorrusia, Georgia, Kazajistán, Kirguistán, Moldavia, Rusia, Tayikistán, Turkmenistán, Ucrania y Uzbekistán–) ganó un total de 112 medallas en suelo catalán, 45 de oro, entre ellas la de la modalidad masculina del 40×20. El experimento de unir al hijo pródigo de cada casa fue un rotundo éxito.

El técnico y leyenda Spartak Mironovich lograba convertir en coral jesuita a una desaliñada banda callejera y sumaba su segundo oro olímpico consecutivo después brillar en Seúl 88 con la antigua URSS. El ruso conseguía perfilar y engranar una plantilla repleta de talento, físico y experiencia, con Talant Dujshebaev doctorándose como timonel de media Europa. Los olímpicos, conocidos así por hacer suya la bandera y el himno de los Juegos, demostraron una insultante superioridad en el torneo de formato clásico, con una inicial fase de grupos y una posterior estructura de eliminatorias.

Los del viejo continente conseguían clasificarse para semifinales con pleno de victorias (5/5) después de superar a Francia –que también conseguía el billete–, España, Rumanía, Alemania y Egipto. En el grupo A, Suecia repetía guión y se imponía a la también clasificada Islandia, Corea del Sur, Hungría, Checoslovaquia y Brasil. Torneo corto y exigente, con un equipo anfitrión formado por nombres tan ilustres como Barrufet, Lorenzo Rico, Garralda, Masip, Urdangarín o Urdiales que tuvo que contentarse con la quinta plaza.


talant


Futuro galo y final de invictos

Tampoco hubo sorpresas en semifinales, con victorias de Suecia (25-22) y del CIS (23-19) ante Francia e Islandia, respectivamente. A pesar del jarro de agua fría, el conjunto galo empezaba a sembrar los éxitos de su posterior generación, predecesora a la de los últimos años y casi ya anterior a la que veremos en el Europeo de este próximo año. El ciclo de la vida y el deporte, ni más ni menos. Unos jóvenes Jackson Richardson y Thierry Omeyer, aprendices por aquel entonces, ganaban peso en una plantilla que se colgaba un bronce con sonido ambiente de despegue.

Meses después, les bleus repetían simulacro de cómo alcanzar la gloria en Suecia 93 (plata) para después licenciarse (oro en 1995) e imponer la cultura del balón, la mano y la resina en su país. Barcelona presenció los primeros aleteos de una de las más bellas escuadras que hayan pisado un parquet. La gran final, duelo entre los dos mejores e imbatidos aspirantes al título, fue un espectáculo que aún recuerda el Sant Jordi. Los chicos de Bengt Johansson golpeaban primero, pero no mejor. El Equipo Unificado llevó la iniciativa anotadora durante todo el choque gracias, en parte, a su sólida defensa i a los goles de Mikhail Yakimovich.

El lateral, protagonista en los 4 primeros goles de su equipo (tres dianas y una asistencia para situar el 4-3), ejercía de faro ofensivo ante la falta de acierto de Talant, excesivamente despistado pero siempre fiel a su carismático rectificado aéreo. Por aquel entonces y dejando de lado los últimos minutos de su esplendido campeonato, el jugador ya tenía gol, pase y capacidad para dirigir a su equipo, rasgos que se sumaba a su aplastante personalidad y carácter. El que más adelante sería internacional español cerraría las olimpiadas como mejor jugador y máximo goleador (47 tantos). El central, precisamente, fue un letal actor secundario en un partido que se decidió durante la segunda mitad (22-20, 9-9 al descanso) ante la atenta dirección de los españoles Ramón Gallego y Pedro Lamas. Victoria y el metal más preciado para un vestuario inédito, que no volvería a compartir más que experiencias y recuerdos. El CIS vino, triunfó y se marchó.


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Gonzalo Romero
Sobre el Autor

Periodista del Diari Ara. Jugador de Balonmano en el Sant Martí Adrianenc de 1a estatal. Asistió a la última Final Four de Colonia.

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