Que España es una potencia mundial en la producción en cadena de grandes porteros de balonmano no es ningún misterio. Que el Barcelona ha sido uno de los protagonistas de este proceso de meticulosa manufacturación, tampoco. Pero el acierto de la cosecha del 91 es tema aparte, digno de halago y reverencia, de las de hincar algo de rodilla. El conjunto blaugrana y el por aquel entonces encargado de su base Xavi Pascual –cara visible de este ciclo– fueron capaces de armar la mejor dupla juvenil de toda Europa y sembrar unos frutos que a día de hoy recoge el deporte nacional. Pau Campos, actual entrenador del Handbol Bordils, afrontó la temporada 2008/09 con el bendito dilema de repartir minutos entre Gonzalo Pérez de Vargas (Barcelona) y Rodrigo Corrales (Wisla Plock), además de contar con los servicios de un tercer recambio de lujo como era el Hispano Universitario Dani Arguillas (Huesca). Trío de ases para el técnico y Roger Font, preparador de porteros.

Toledano, gallego y catalán compartían posición en el equipo que posteriormente sería Campeón de España, bloque de excepción y plagado de actuales jugadores de élite como Carlos Molina, David Balaguer, Aitor Ariño, etc. En su segunda temporada en las tierras del Palau y del desaparecido Picadero, el vigente campeón de Europa ya demostraba que tenía un don. “Era diferente”, aseguran desde aquel vestuario. Su adaptación al balonmano catalán durante su primer año de juvenil después de dejar el Ambial de Toledo –tras ser subcampeón estatal– fue un éxito. Capacidad para leer los lanzamientos rivales, memorizarlos, mantener la posición y anticiparse cuando era conveniente.


El talento de parar todos los rivales

Gonzalo era el dandy y Rodrigo una suma de increíbles cualidades técnicas y físicas. El internacional, que llegó durante su etapa de cadete a la disciplina barcelonesa, destacaba por su poderío y acierto ante lanzamientos de seis metros y su movilidad a pesar de medir más 200 centímetros. El del Wisla Plock tenía madera, mucha, y complementaba a la perfección las carencias –pocas– que tenía su compañero. Dos caras de un prisma que completaba Arguillas, titular indiscutible en los primeros equipos de formación blaugrana. El elenco de talento era inmenso, prácticamente irrepetible. El título estatal y el subcampeonato catalán fueron buena prueba de ello. Tan solo el BM Granollers, en la prórroga y con un equipo capitaneado por Juan Del Arco y Pol Sastre, fue capaz de tumbar en una final a los de Campos.

Un año después y como era de esperar, Rodrigo y De Vargas se situaron bajo los palos del filial. Con ellos y otra plantilla total, los ahora jugadores de Toni Gerona ascendieron de 1ª Nacional a División de Honor Plata sin perder un partido. Un empate ante el Sant Martí Adrianenc, club puntero en la categoría, les separó de un inmaculado pleno de victorias durante más un año natural. Hasta el mes de noviembre de la siguiente temporada, ya en segunda división, los culés no volvieron a caer en una cancha de balonmano. “Con ese equipo y esa portería era imposible perder”, comenta alguno de los integrantes de ese equipo, de las mejores que ha tenido la base del Barça.

Un año después, Gonzalo ponía rumbo al Granollers i emprendía su particular aventura profesional, que también pasó por Francia. Rodrigo aguantó un curso más en Can Barça antes de recalar en el Wisla de Manolo Cadenas y explotar. Cuatro años después de separar sus caminos, los dos porteros, vitoreados por toda Europa, vuelven a compartir rutina de entrenamientos en la selección nacional, como antes lo hicieron en sus categorías inferiores. Dos piezas que ensamblaron a la perfección en la mejor portería de formación que España y seguramente el viejo continente hayan conocido. Resintonizar ese canal de éxitos, ahora con la sudadera española, es el objetivo y aspiración del balonmano, con ganas de volver a disfrutar de su química.



Gonzalo Romero
Sobre el Autor

Periodista del Diari Ara. Jugador de Balonmano en el Sant Martí Adrianenc de 1a estatal. Asistió a la última Final Four de Colonia.

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