Después de un minuto totalmente intranscendental, llegaba el pitido final y el posterior vendaval de júbilo de una Alemania que volvía a reinar en Europa. Los jugadores de Dagur Sigurðsson formaban un coro en media pista, celebrando la corona continental y su primer metal después de 12 años de sequía. Andreas Wolff no se movía, no se inmutaba. El germano se quedó quieto en su área, con los brazos en jarra y la mirada perdida hasta que Tobias Reichmann corrió hacia él y lo abrazó antes de ser embestido por todos sus compañeros, que trasladaron la fiesta al interior de la portería. Toda muestra de cariño hacia el 33 alemán estaba totalmente justificada. Incluso cuando el espectáculo ya se había marchitado, los focos seguían apuntando a Wolff.

El nombrado mejor portero del campeonato firmó un 48% de efectividad para dejar seca a una España ya de por sí con pocas ideas. Su partido no fue bueno. Los Hispanos estuvieron lentos en la circulación, faltos de movilidad e ideas y con excesiva tendencia a buscar los espacios –que no existían– por el centro. Alemania, con un enorme y solidario 6:0 que danzaba sobre los 7-8 metros, fue capaz de domar el partido a su antojo, haciendo de su cancerbero un actor secundario con areola de héroe nacional. Desde el marco de la portería, el único titular de la plantilla de Sigurðsson que sobrevivió a una plaga de lesiones sin precedentes marcó el ritmo de la campeona.

La selección de tiro española no fue la acertada, pero tampoco fue desastrosa. Wolff demostró haber hecho los deberes anticipándose a los lanzamientos de sus rivales con una seguridad insultante. Sin trabajo, el talento y la intuición no sirven de nada. Los de Cadenas fallaban casi antes de lanzar. El guardameta sabía cómo y dónde colocarse para forzar al atacante español a buscar un lanzamiento poco habitual, menos cómodo, para poder batirlo. Sus intervenciones cobraban más valor a partir del contexto. El del Wetlzar se presentó al mundo como un jugador capaz de marcar las diferencias y apareció cuando los ibéricos parecían reconducir su rumbo.


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Marcar el ritmo desde la portería

“Al principio hemos tenido muchos problemas en ataque y cuando hemos jugado algo mejor ha aparecido su portero. Hemos tenido situaciones claras de gol que en un día normal solemos transformar, pero hoy no las hemos metido”, apuntó Joan Cañellas después de la finalísima. «No nos han dejado entrar en el partido. Nos han superado totalmente en defensa, tal y como demuestra ese 10-6 del primer tiempo. Nos ha faltado fluidez. Incluso estando en superioridad numérica, nos ha faltado buscar más ocasiones de gol a través del juego colectivo y cuando lo hemos conseguido, ahí estaba Wolff», explicaba el seleccionador Manolo Cadenas, en la línea del discurso del de Santa María de Palautordera.

 El portero germano hizo que su equipo jugara instalado en la regularidad y se centrara en el ataque y en evitar que se crearan situaciones claras de gol. Todos atentos y todo sin fisuras. Con este tándem y este cúmulo de aciertos, los representantes de la Bundesliga consiguieron que España se despidiera de Polonia después de firmar su peor registro anotador en la historia de los Europeos (17). “La fe mueve montañas, y nosotros hemos movido una cordillera entera en este campeonato –decía un humilde Wolff–. Hice un buen partido, pero la clave estuvo en la defensa y en la fuerza del bloque. Su rendimiento fue sensacional, de los mejores que recuerdo. Ahora, a por los Juegos Olímpicos”.



 

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