El balonmano, como todo deporte, tiene sus señas de identidad. Aquí os dejamos algunos clichés. Si juegas, sabes de lo que hablamos.


Huellas por doquier

Si hay un elemento tangible que representa al balonmano es la resina. Testada dermatológicamente, la ‘pega’, espesa o casi líquida pero siempre pegajosa, muy pegajosa, es un elemento vital sobre el 40×20 y que mejora el agarre de la pelota. Tan enorme poder conlleva una destreza que en ocasiones no está presente. Siendo éste un deporte de contacto, es habitual acabar con la equipación llena de dedos y manos de los rivales. Si no hay huellas es que algo has hecho mal.


Ojo dónde quitar la pega

A pesar de su consistencia, tan incómodo pegamento tiene en el ‘quita-pega’ su kryptonita particular. El mejunje consigue acabar con esa característica sensación de chicle a la vez que hidrata. Higiénico y eficaz. Quejas no admitidas. Seleccionar la zona donde aplicarlo suele ser clave. En las manos, es obvio. Pero en el antebrazo o en el cuello no tanto. Pensar que dejas el vestuario limpio de resina y descubrir minutos después pegotes de lo que parece cemento de limón es habitual y dramático. Para casa, alcohol i a frotar hasta que no quede ni rastro o hasta que pierdas la sensibilidad.


La resina, para casa

Las consecuencias de no poder usar este producto milagroso son aún peores. Manchar mochila, camiseta, chaqueta y especialmente teléfono móvil es lo mínimo que puede pasar si confías en el poder del jabón y el agua para erradicar los efectos de ese tarro verde que todo equipo deja en su zona de cambio. “–Te has manchado. –No, es resina”. A veces explicarlo no es tan fácil…


El obligado selfie post-victoria

La «obligación» social de colgar una buena «selfie» en la ducha después de ganar se ha convertido en un tópico más del balonmano internacional. Empezando por los hispanos donde Julen Aguinagalde se las ingenia para sorprendernos hasta el club más humilde con sus fotografías más chapuceras. Y es que, compartir la felicidad, no entiende de edades, razas o sexos.


Todo para llevar

Las zapatillas de juego tampoco se salvan. Como anclados en una prehistoria que aún a día de hoy parece eficiente, los jugadores llenan de esparadrapo sus deportivas donde poner algo de pega. Si antes de cada partido no cortas las 4 o 5 tiras necesarias para hacer tan imperfecto cuadrado, es que aún no has practicado balonmano de verdad. O eso o tienes la mano del tamaño del oso pardo de “El Renacido”.


“La culpa no es mía”

Hablamos de una relación amor-odio entre el que practica esta disciplina y tan imprescindible invento. En ocasiones hasta hace la función de comodín y justificante astroso. En su faceta más infantil y inmadura y ante un lanzamiento horrible, la resina o la falta de ella suele ser la señalada. Tirar el balón, que sale unos dos metros desviado del palo más cercano, y mirarse la mano todo susurrando insultos en arameo es el pan de cada día. “Se me ha resbalado”. A estas alturas, no cuela.


Ser gafe bajo palos tiene premio

Los porteros también sufren lo suyo, más en silencio, eso sí. La soledad de la los tres postes influye en unos actores un tanto incomprendidos, locos, imprescindibles y pasionales. Eso sí, ser penaliza. Día que te olvidas el protector para tus zonas nobles, día que el extremo de turno, forzado, con oposición y casi saltando de espaldas, te deja KO en el suelo y sin aire. Bingo a la diana móvil.


Reciclar la indumentaria

Toda persona que decide practicar lo más parecido al futbol con la mano y a la lucha libre colectiva, todo sea dicho, sabe que las camisetas no son eternas. Acabar una temporada sin un cuello roto, una raja de la axila hasta el final de la prenda o un brazo dado de sí es raro, muy raro. Los pivotes, para más inri, son especialistas en el arte de no encariñarse con ninguna de sus zamarras. Por qué será…


Algo fuera de lugar

Pongámonos en situación. Llegar al pabellón antes de un choque o una simple sesión preparatoria. Prisas. No ser puntual acarrea una simbólica multa y la reprimenda del entrenador. Más agobio. Te cambias y en el momento de coger tus Adidas de última generación te das cuenta que no están. Entonces empieza el ritual de ojear el calzado de calle de tus compañeros, debajo de su trozo de banco. Eso y salir a preguntar, descalzo y con la cara llena de vergüenza, si alguien tiene algo parecido a unas zapatillas de balonmano que pueda dejar prestadas. Ver a un jugador moverse con unas deportivas de running –en el mejor de los casos– es algo cómico pero cada vez más normal. Lo siguiente serán unas Panama Jack.



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