“Dicen que para llegar a la cima hay que tropezarse primero con mil piedras, y aprender de esos errores para hacerse más fuerte y poder alcanzar el éxito”. Esta frase va como anillo al dedo para lo que vamos a hablar ahora. Esta historia comienza el 26 de junio en Madrid, en la Residencia Joaquín Blume, con 16 jugadoras como protagonistas. Un mes después, y con muchas horas de trabajo a sus espaldas, van a volver a casa con un sabor agridulce.

Pero no nos vayamos al final, volvamos al principio. Las Guerreras Juveniles se concentraban ese 26 de junio en la capital para comenzar a preparar el torneo más importante, casi seguro, de sus vidas: un Mundial. Sí, un Mundial, el campeonato donde se decide cuál es la mejor selección del mundo. Prefiero recalcarlo para el que no se haya enterado o critique antes de saber.

Tras la buena actuación en el Europeo de Macedonia del verano anterior y la clasificación para este evento, el seleccionador Jenaro Félix decidía mantener el bloque con el que lograba ese décimo puesto en tierras macedonias. Nombres como el de Seynabou Mbengue, Ona Vegué, Eli Cesareo o Mada Fernández-Agustí volvían a sonar entre los principales referentes de la selección, junto a novedades como Elena Cuadrado, Anne Erauskin o la cadete María Palomo.


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¿El objetivo? Igualar o mejorar el resultado obtenido en el Europeo y, por qué no, meterse en cuartos de final y empezar a soñar con algo muy grande. Y con esa meta empezaron a machacarse las jugadoras en los entrenamientos y el cuerpo técnico en la preparación. En poco más de tres semanas arrancaba la competición en Eslovaquia y todo tenía que estar a punto.

Para llegar al día del debut en la mejor forma posible, las Guerreras Juveniles tenían dos fases de preparación: la primera, el Campeonato de Europa OPEN en Suecia, donde finalizaban octavas; y la segunda, un doble amistoso –sendas victorias- ante Croacia dos días antes del primer partido oficial. Las sensaciones eran buenas antes del inicio, se esperaba una actuación similar a la del Europeo…

Pero las cosas se torcieron una vez la selección entró en territorio eslovaco. La primera derrota ante Suecia dolió bastante, sobre todo porque era un rival al que se podía batir y las sensaciones durante buena parte del partido fueron de superioridad de las nuestras. Después llegó Hungría, tercera de Europa, imparable. Obligadas las tres últimas victorias ante China, Brasil y Congo para llegar a la tercera posición y tener un cruce a priori igualado. Pero la derrota ante las brasileñas fue el golpe de efecto para las Guerreras Juveniles, tanto a nivel moral como por el cruce de octavos.


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Esperaba Rusia, subcampeona europea el año pasado. El reto era enorme, y las sensaciones no las idóneas para encarar un rival de esta altura. A pesar de la derrota y la eliminación, la selección plantó cara durante muchos minutos a un conjunto superior. Al final, decimoquinta posición para las Guerreras Juveniles en un torneo en el que se pueden sacar tanto buenas como malas conclusiones.

Final de una etapa para todas estas jugadoras, que entran ahora en categoría júnior para competir el año que viene en el Europeo. Y ahora es cuando cobra sentido la frase del principio de este artículo: “Dicen que para llegar a la cima hay que tropezarse primero con mil piedras, y aprender de esos errores para hacerse más fuerte y poder alcanzar el éxito”.


Fotografías: Leo Vegué


Pablo Lozano
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