Se acabó el Mundial. Hemos disfrutado durante dos semanas y media del mejor balonmano internacional. Ese intervalo de tiempo en el que la pléyade de estrellas que conforman nuestro deporte se une en un mismo escenario para deleitarnos con su clase. Algo único y fantástico para los espectadores, ya que se repite cada dos años. Ahora, ya en frío, 72 horas después de que Francia se proclamase campeona del mundo por sexta vez en su historia ante Noruega, toca analizar lo que ha sido este campeonato del mundo.

 

Una organización casi perfecta

Casi nadie dudaba de la capacidad de los franceses para hacer de un Mundial de balonmano un espectáculo sin igual. Pero las expectativas se han superado con creces. Desde el primer día se vio como todo el país respondía a la llamada de Les Experts. No solo a nivel deportivo la organización fue espectacular. Los descansos, la cobertura de prensa, el voluntariado, la animación, el apoyo de personalidades de otros ámbitos de la sociedad gala… Lo tenía todo.

Incluso se permitieron el lujo de batir su propio récord de asistencia a un partido de balonmano. Porque sí, porque pueden. Porque el balonmano en Francia es casi una religión. Porque no les importa acondicionar un estadio de fútbol en Lille para que vayan a los octavos y los cuartos de final más de 28.000 personas. En definitiva, algo impensable para casi todos los países y que estos días hemos podido disfrutar -y envidiar- en tierras galas.




Francia sigue haciendo historia, ahora en casa.

Los anfitriones no podían faltar a la cita con la historia. 16 años después de lograr el oro en París-Bercy -aquella mágica final ante los Bengan Boys suecos- y abrir un círculo de éxitos que todavía no se ha cerrado –ni sabremos cuándo-, la selección francesa tenía la oportunidad de volver a saborear la gloria ante su afición. Y vaya si lo hizo. Repitiendo el mismo guion que en 2001 además.

Los de Didier Dinart se llevaron el oro sin ceder un solo partido, como los grandes campeones. Imbatibles. El adjetivo que mejor define a los galos. La mejor generación de la historia de nuestro deporte sigue asombrando al mundo. Esta vez, ante sus seguidores, los Karabatic, Narcisse, Omeyer -estos dos últimos también estuvieron en 2001- y compañía dieron otra lección magistral. Y veremos las que quedan, porque detrás viene también dinamita con los Fabregas, Remili, Mem… Vaya imperio.

 

El Mundial de los jóvenes talentos

Lo acabamos de describir con la selección francesa. Este ha sido el torneo de los jóvenes. La nueva generación de jugadores que viene pisando fuerte y que ya no son futuro, son presente de nuestro deporte. Para muestra un botón. En el 7 ideal de la IHF, tres de los jugadores que aparecen tienen 21 años. ¡Acaban de terminar su etapa como juniors! Pero les da igual, van un paso por delante del resto. Son determinantes ante gente con mucha más experiencia que ellos. Menudos privilegiados.

Durante el torneo se ha hablado mucho -y bien- de varios jugadores que han entrado en los planes de regeneración de sus respectivos seleccionadores pero que, de repente, ya se han echado a las espaldas la responsabilidad en sus equipos. Hablamos de los Sagosen, Bergerud, Fabregas, Remili, Tollbring, Gottfridsson, Langaro… Dinamita para esta década y la que viene. El futuro del balonmano mundial está en sus manos. Y qué bien, por cierto.



La regeneración hispana, un camino de altibajos

El único “pero” de este Mundial se le puede adjudicar a la actuación de los Hispanos. Solo por una razón: la irregularidad en el juego entre la primera fase y los cruces. En los partidos de la fase de grupos, el conjunto de Jordi Ribera desplegó un buen juego, yendo de menos a más, y culminando con una actuación extraordinaria ante Eslovenia. Sin embargo, en octavos Brasil hizo sudar de lo lindo a los españoles, que no jugaron nada bien. Ya en cuartos, ante una selección más potente como Croacia, las sensaciones volvieron a ser negativas y la eliminación llegó antes de tiempo.

Sin embargo no todo son malas noticias. Lo que podía ser un fracaso ha sido en realidad una oportunidad. Los debutantes han realizado una gran actuación durante el Mundial -véase Rodrigo Corrales, David Balaguer o Ángel Fernández-, dejando claro que tienen hueco en esta selección para las próximas grandes citas. El vestuario se ha acostumbrado también a la forma de jugar de Jordi Ribera, que recordemos que llegaba a este torneo con solo dos concentraciones a sus espaldas, algo muy difícil de gestionar si el objetivo es llegar hasta lo más alto. Tiempo al tiempo. El camino puede ser más lento, pero seguro que llevará a buen puerto. Confiemos en los nuestros.


 

Imágenes: France Handball 2017



 

Pablo Lozano
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