Suena el despertador. Son las siete de la mañana de un miércoles de Semana Santa, estás de vacaciones. Cuando asimilas todo esto piensas “¿qué se me habrá perdido a mi en Cantabria?”. Efectivamente, el despertador suena porqué te vas unos días a vivir de primera mano el XXVIII Torneo Nacional de Los Corrales de Buelna. Subes al coche, 7 horas en el horizonte hasta tu destino, y a medida que te despiertas vas pasando del “¿qué hago aquí?” al “¡quiero llegar ya!”.

Ya es mediodía. Estás a 720 kilómetros de tu casa y tan solo al llegar ya empiezas a respirar balonmano. La acogida es maravillosa, y de repente estás en una mesa, con tus compañeros y con los organizadores del torneo que te hablan de como equipos como Barça, Ademar o Granollers han pasado por ediciones anteriores. Poco a poco tus ojos se van iluminando.

Del restaurante dónde estabais, os trasladáis directamente a la que será vuestra casa durante estos días: el pabellón municipal Luís Andrés Samperio. Rodeado de los montes del Valle de Buelna, la instalación deportiva del pueblo es grande, pero a la vez acogedora. Con todo preparado para realizar vuestro trabajo, empieza la presentación del torneo, un evento que acoge hasta 1600 deportistas en las gradas, y eso sin contar a la gente del pueblo que se moviliza para verlo.



Entre bailes, BMX, parlamentos y más cerráis la emisión y toca desplazaros hacia la cena de inauguración del torneo. Allí la organización explica el funcionamiento y las normas del torneo a todos los técnicos de los clubes, pero tu te quedas con las palabras del encargado de los árbitros, Alejandro Hoz, que dice “no olvidemos que aquí venimos todos a pasarlo bien, y sobre todo a que nadie se haga daño”. Ahí ya empiezas a ver que este Torneo de Corrales es algo más que una competición.

Con ese pensamiento en tu cabeza os dirigís hacia vuestro alojamiento. Cedido por la organización estáis en un hostal rural, que encaja con el ambiente y dónde se brinda la posibilidad de desconectar después de un largo día. Con las pilas cargadas empieza la maratón de balonmano. Cuatro jornadas, de aproximadamente unas diez o doce horas, ante la cámara y el micrófono, pero sobre todo disfrutando de un ambiente tremendo.

Es un torneo amistoso, pero la gente se deja hasta la última gota de saliva para animar a su equipo, las jugadoras y jugadores lo dan todo por cada balón, la organización está atenta en todo momento a cualquier petición que se les haga (y sorprendentemente, pese a ser un torneo de estas dimensiones, no está estresada). El pabellón central, junto a los otros tres que acogen la competición, y el resto de factores que envuelven al torneo son un engranaje en perfecto funcionamiento.



Más allá de las pistas principales, el viernes ves aparecer multitud de niñas y niños pequeños que invaden el campo de fútbol que hay al lado del pabellón. ¡Resulta que también hay una competición de balonmano hierba para los más pequeños! Más de 10 pistas concentradas en un terreno de juego, llenas de actividad, de gritos… llenas de deporte. Bajo el asombro de todo el balonmano que se llega a mover en este pequeño municipio cántabro, cabe destacar el esfuerzo que hace el club y la organización del torneo para acercar sus costumbres y comunidad autónoma a todos los desplazados. Desde la presentación del torneo, vestida de folklore de inicio a fin, hasta las comidas ofrecidas en el comedor del torneo tienen su toque a Cantabria.

Todo encaja, el ambiente de deportividad, el paisaje, la disposición de todos los participantes… todas las piezas se unen en perfecta armonía, y eso es lo que hace grande a este Torneo de Corrales. Acabada la última de las finales, recogéis todo el material, os despedís tanto de la organización, como del cuerpo arbitral con el que habéis compartido – muy gratamente – vuestro hotel estos días y acabáis subiendo al autobús.

El viaje de vuelta

Nueve horas más tarde llegas a Esplugues de Llobregat, te recogen y llegas a tu casa. Entras de nuevo por la puerta. Son las siete de la mañana, es lunes, lo que significa que se han acabado tus vacaciones. Subes hacia la cama en busca del sueño que no has tenido en el bus, y al tumbarte haces memoria de todo lo acaecido durante estos días y tu cabeza no deja de pensar en la armonía experimentada en el torneo. A medida que se te cierran los ojos tu cabeza piensa “ojalá podamos volver el año que viene”. Y enseguida te das cuenta de lo que se te había perdido en Cantabria, la fe en los valores que se transmite a través de un canal que nos une a todos: el balonmano.



Sergi Laliga
Sobre el Autor

Estudiante de Periodismo en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. Amante y jugador de balonmano en el Handbol Sant Vicenç.

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