Todos sabemos lo que ocurrió en Europa en los años 20 y 30, no hace falta explicar los movimientos fascistas totalitarios que surgieron a lo largo y ancho del continente y que propiciaron la guerra más sangrienta de toda la historia encabezada por Hitler. Si por algo se caracterizaron estos totalitarismos fue por el uso masivo de la propaganda para difundir mentiras sobre minorías étnicas, opositores y países extranjeros. Mientras a la vez que se exaltaba la nación propia, sus valores y tradiciones, su «pueblo», la lucha contra la modernidad y «la raza«.

Este caldo de cultivo de odio a lo ajeno y glorificación de “lo propio” provocó que pusieran sus ojos sobre el gran ocio de masas. El deporte cada vez cobraba más relevancia entre los sectores populares que estos movimientos querían embaucar y ganar con proclamas populistas y así poder afianzar su poder.

La superioridad racial de los alemanes.

Esta oportunidad fue aprovechada por los nazis para intentar justificar lo que la ciencia negaba: la superioridad racial de los alemanes. La llamada raza aria, mediante el deporte, demostraría al mundo que otras razas no podían competir con la alemana.



Hitler se tomaría muy en serio esta maniobra propagandística, especialmente tras el fracaso alemán en los Juegos Olímpicos de 1932. Tras su llegada al poder, iniciaría una política de apoyo al deporte alemán que seguía los valores del régimen: raza, disciplina y nacionalismo. Se excluyó de la participación a atletas que pertenecían a minorías y a los opositores políticos del régimen.

Una vez sentadas las bases de este proyecto que debía situar al deporte alemán como el más laureado del planeta, Hitler se lanzó a su consumación: los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936.

Alemania trató de dar una imagen de moderación

El régimen nazi se volcó con la organización del evento deportivo más grande del mundo. Hitler, su ministro de propaganda Goebbels y demás jerarcas nazis asistieron prácticamente a diario a las competiciones que se llevaron a cabo en aquel agosto de 1936. Durante esta celebración, Alemania trató de dar una imagen de moderación ante el mundo, se retiró la propaganda antisemita y Hitler se mostró mucho más comedido con respecto a su política expansionista y militarista. Irónicamente, lo hacía mientras los aviones alemanes ya bombardeaban España en apoyo de Franco y el bando sublevado.

Una vez finalizados los Juegos Olímpicos, la victoria alemana era innegable. Los atletas alemanes habían terminado los primeros en el medallero, permitiendo al nazismo explotar la teoría de superioridad racial. A esto se le suma la organización del evento que a ojos internacionales supuso una mejora de opinión acerca del régimen nazi. El único borrón lo produjo la victoria de Jesse Owens, atleta de raza negra que ganó su prueba delante en las narices de Hitler.

Si bien la victoria alemana en las pruebas de atletismo fue incontestable. El impacto propagandístico en las clases populares no fue tan grande como se esperaba ya que estas se caracterizaban por una mayor afición a los deportes colectivos. Este fenómeno especialmente visible en países como Inglaterra o Escocia, donde deportes como el fútbol trascendían los límites del terreno de juego, a aspectos como la política o la religión. Esta situación llevó a los nazis a centrarse en estos deportes y en aquel momento, el deporte colectivo más laureado en Alemania era el balonmano.



Antes de pasar a hablar del gran hito del balonmano alemán, debemos hablar de los antecedentes e inicios de nuestro deporte (sí, ya vamos a hablar de balonmano, perdonad la turra).

El balonmano tiene sus orígenes en la época que comprende el final del siglo XIX e inicios del XX. Pero hasta el 1926, cuando se establece un reglamento acatado por sus practicantes, es poco recomendable hablar de balonmano .

En sus inicios se disputaba al aire libre y contaba con 11 jugadores por equipo, en los 30 se fue buscando una alternativa cubierta. Algo lógico teniendo en cuenta que nació y se popularizó en el norte de Europa. Aún así los Juegos Olímpicos de 1936, donde Alemania ganó el oro, se disputó al aire libre en la modalidad de balonmano a once, en el Mundial de 1938 ya pasó a la pista cubierta.

En este Mundial de 1938, Hitler encontró la oportunidad perfecta para poner su maquinaria propagandística a funcionar.

El campeonato lo disputaban cuatro equipos: Alemania, Austria, Suecia y Dinamarca. Era el primer campeonato del estilo celebrado hasta entonces y el formato consistía en un grupo en el que se enfrentarían todos contra todos. Tras los dos días de competición, Alemania se alzó como Campeona del Mundo venciendo sus tres encuentros. Austria y Suecia se hicieron con la plata y el bronce respectivamente.


Foto: Inauguración del campeonato mundial de balonmano de 1938, celebrado en Alemania. GETTY IMAGES

Este Mundial supuso el verdadero nacimiento del balonmano moderno, su adaptación a la pista, el inicio del largo proceso de institucionalización. Este proceso llevó al asentamiento de las federaciones y al nacimiento de las primeras estrellas como Hans Theilig, máximo goleador del Mundial con 6 goles.

Este hecho fue explotado por la propaganda nazi sabiendo que además Alemania se había proclamado campeona ante naciones “arias”. Esto reafirmaba, supuesto, destino inmutable de dominar el mundo por derecho propio. Las figuras de los jugadores se elevaron a la categoría de héroes, en especial la del ya mencionado Hans Theilig. El régimen mostró a los jugadores como el prototipo perfecto de alemán: deportistas y comprometidos con su patria.

Los hechos posteriores al Mundial no hicieron más que sumir a Europa una escalada de tensión donde parecía que la guerra estallaría muy pronto. Un mes después de la competición mundialista, Alemania se anexionó Austria y la ambición expansionista alemana se acrecentó. El primer objetivo fueron los Sudetes, llevando a las democracias occidentales a intentar evitar la guerra en la Conferencia de Múnich.

Finalmente, Alemania invadió Checoslovaquia en 1939 y en septiembre de ese mismo año se llegó al punto de no retorno. Alemania atacó Polonia y provocó la guerra que cambió la historia reciente de la humanidad. Todo ello a consecuencia de una ideología que se sirvió de deportes como el balonmano para llevar a cabo sus planes.


Foto: Juegos Olímpicos de Berlín 1936

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